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🧠Cuando saber lo que tenemos que hacer no es suficiente para empezar

Todos hemos dejado alguna vez algo para mañana: una tarea pendiente, empezar a estudiar, hacer ejercicio, retomar una afición o enfrentarnos a esa gestión que llevamos días evitando.

Pero cuando posponer se convierte en algo habitual aparece una pregunta aparentemente sencilla: si sabemos que procrastinar nos perjudica, ¿por qué seguimos haciéndolo?, aquí pienso que la respuesta es más compleja que la falta de ganas o la pereza.

Recientemente he participado como psicóloga en el episodio «¿Por qué procrastinas?» del podcast Descubriendo lo invisible de @claudiahdezh, en el que hablamos precisamente de qué puede esconderse detrás de la procrastinación y analizamos diferentes situaciones cotidianas en las que aparece.

 

🚫Procrastinar no es simplemente ser vago

A veces, sencillamente, no nos apetece hacer algo y decidimos dejarlo para más tarde, esto forma parte de la vida cotidiana.

El problema aparece cuando posponer se convierte en un patrón repetido que nos perjudica, nos genera malestar o interfiere en nuestra vida. Aquí podemos saber perfectamente qué tenemos que hacer, querer hacerlo e incluso ser conscientes de las consecuencias de retrasarlo y, aun así, no conseguir empezar.

Detrás de esa procrastinación pueden aparecer factores muy diferentes como la ansiedad, el perfeccionismo, la inseguridad, el miedo a equivocarnos, la sensación de no estar a la altura, el aburrimiento, la dificultad para tolerar determinadas emociones o la percepción de que una tarea es demasiado grande o exigente.

Por eso, reducirlo todo a «soy una persona vaga» puede impedirnos entender qué está ocurriendo realmente.


⚖️El alivio de ahora frente al bienestar de después

Una de las claves para entender la procrastinación está en la diferencia entre lo que nos conviene a largo plazo y lo que nos alivia a corto plazo.

Imaginemos que tenemos que estudiar, sabemos que hacerlo hoy hará que lleguemos con menos estrés al examen. Sin embargo, estudiar ahora requiere esfuerzo y puede generar aburrimiento, frustración o inseguridad.

Al mismo tiempo tenemos otra posibilidad que es coger el móvil.

Entonces, durante unos minutos desaparece la incomodidad pero esto nos genera un problema que es que la tarea continúa pendiente.

Entonces, de esta manera puede establecerse un círculo:

Círculo de la procrastinación: tarea que genera malestar, evitación, alivio momentáneo, culpa y aumento de la dificultad

El círculo de la procrastinación: posponer una tarea puede producir alivio inmediato, pero posteriormente aumentar la culpa, la presión y la dificultad para afrontarla.

 

Esta es una de las paradojas de la procrastinación: lo que hacemos para sentirnos mejor ahora puede hacer que nos sintamos peor después.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


📱¿Las redes sociales hacen que procrastinemos más?

La procrastinación existía mucho antes de TikTok, Instagram o las notificaciones del móvil. Por tanto, sería demasiado sencillo responsabilizar únicamente a la tecnología porque lo que sí ha cambiado es nuestro entorno.

Una tarea compleja puede exigir concentración durante bastante tiempo antes de proporcionarnos una sensación de recompensa. Frente a ella tenemos dispositivos capaces de ofrecernos estímulos nuevos prácticamente de manera inmediata, y la diferencia es enorme.

A veces basta un pequeño instante de incomodidad para cambiar de actividad:

📱 Nos atascamos escribiendo →  miramos el teléfono.

📚 Dejamos de entender lo que estamos estudiando → abrimos una red social.

⏳ Nos aburrimos durante unos segundos → buscamos otro estímulo.

💭 Una tarea empieza a resultarnos difícil → encontramos de repente otra cosa que «tenemos que hacer».

Por eso, además de aprender a gestionar nuestra atención, puede ser útil organizar nuestro entorno para que distraernos no sea siempre la alternativa más fácil.


✅Cuando procrastinar también parece productivo

Hay otra forma especialmente engañosa de procrastinar: hacer cosas útiles para evitar hacer aquello que realmente necesitamos hacer.

A todos nos ha pasado que tenemos que estudiar y, de repente, nos parece imprescindible tener ordenar la habitación. Debemos preparar un proyecto y decidimos que es un momento excelente para responder todos los correos pendientes.

Si nos damos cuenta las tareas alternativas suelen tener una ventaja, es que muchas de ellas son concretas, controlables y ofrecen rápidamente una sensación de logro.

Limpiamos una habitación y enseguida vemos el resultado, pero podemos estudiar una hora y continuar sintiendo que todavía nos queda muchísimo por aprender.

Por eso podemos terminar el día habiendo hecho muchas cosas y, sin embargo, seguir evitando la verdaderamente importante.

Debemos tener en cuenta que estar ocupado y estar avanzando no siempre son lo mismo, y que también procrastinamos cosas que nos gustan porque procrastinar no afecta exclusivamente a nuestras obligaciones.

Podemos llevar meses queriendo volver a pintar, leer, practicar un instrumento, hacer deporte o recuperar cualquier actividad que sabemos que disfrutamos.

Esto nos recuerda otra distinción importante: tener ganas de hacer algo y conseguir iniciarlo no son exactamente lo mismo.

Una actividad que nos encanta también puede requerir preparación, concentración, tomar decisiones y atravesar esos primeros minutos de activación. Frente a ella, siempre hay otras alternativas ofrecen entretenimiento sin prácticamente ningún esfuerzo de inicio.

Por eso es posible querer sinceramente hacer algo y continuar posponiéndolo.


🎯El perfeccionismo también puede paralizarnos

Querer hacer algo bien no es necesariamente un problema. Sin embargo, cuando sentimos que aquello que hacemos tiene que salir extraordinariamente bien, podemos acabar teniendo dificultades incluso para empezar.

Esto resulta especialmente evidente en actividades creativas porque crear implica experimentar, equivocarse, desechar ideas y producir cosas que no siempre alcanzarán el resultado que imaginábamos.

Cuando desaparece ese margen para equivocarnos, una tarea que podría resultar estimulante puede convertirse en una prueba constante de nuestras capacidades y entonces evitarla proporciona, al menos temporalmente, una salida.

Procrastinar es algo que hacemos, no algo que somos.

Quizá una de las consecuencias más dañinas de procrastinar repetidamente aparece cuando dejamos de valorar nuestro comportamiento y empezamos a juzgarnos a nosotros mismos.

«He vuelto a posponerlo» se transforma en «soy un desastre», «soy una persona vaga» o «nunca consigo lo que me propongo». Entonces es cuando aparece la culpa, cuando disminuye nuestra percepción de eficacia y la siguiente tarea comienza ya acompañada de todo ese malestar.

Por eso no todas las personas procrastinan por los mismos motivos y tampoco existe una única explicación que sirva para todas las situaciones. Cuando la procrastinación se convierte en un patrón que nos perjudica, comprender qué está haciendo tan difícil empezar en nuestro caso concreto puede resultar mucho más útil que limitarnos a pensar que nos falta fuerza de voluntad.

Porque procrastinar es una conducta ni una identidad.

 

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