COVID-19 y salud mental: cómo actuar durante el brote

La evolución de la epidemia del SARS-CoV-2 se vive casi en directo en todos los países del mundo, lo que está generando mucho estrés en la población. La Organización Mundial de la Salud ha publicado un conjunto de recomendaciones como apoyo al bienestar psicológico durante el brote.

A finales de enero de 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que el brote de una nueva enfermedad por coronavirus –COVID-19– en la provincia de Hubei (China) se había convertido en una emergencia de salud pública de interés internacional: existía un alto riesgo de que se extendiera a otros países del mundo.

Entre febrero y marzo, el SARS-CoV-2 (como se conoce oficialmente al virus) ha alcanzado a 115 estados y afectado a casi 120.000 personas. Pero además de la diseminación de la epidemia, esta crisis está generando mucho estrés en la población.

Por ello, desde la OMS se han desarrollado una serie de consideraciones de salud mental para los diferentes sectores de la población como apoyo al bienestar psicológico durante el brote de COVID-19.

 “La gestión del estrés y el bienestar psicosocial durante este período es tan importante como la gestión de la salud física”, aclaran desde la OMS

Para la sociedad en general, se recomienda no atribuir la enfermedad a ninguna etnia o nacionalidad y ser empático con los afectados. Además se sugiere no hablar de ellos como ‘casos de COVID-19’, ‘víctimas’, ‘familias de COVID-19’ o ‘enfermos’.

“Son ‘personas que tienen COVID-19’, ‘personas que están siendo tratadas por COVID-19’ o ‘personas que se están recuperando de COVID-19”, puntualizan desde la institución. “Después, su vida continuará con sus trabajos, familias y seres queridos”, continúan.

Por otro lado, se aconseja no ver, leer o escuchar noticias que causen ansiedad o angustia y buscar información principalmente para tomar medidas de protección. Y no estar constantemente pendiente de la evolución, sino buscar una o dos veces al día las actualizaciones.

“El flujo casi constante de noticias sobre un brote puede hacer que cualquiera se sienta preocupado. Conozca los hechos. Reúna información a intervalos regulares, desde el sitio web de la OMS y las plataformas de las autoridades sanitarias locales, para distinguir los hechos de los rumores”, explican.

Por último, remarcan la importancia de encontrar el lado positivo de la epidemia, como todas las personas que han experimentado este nuevo coronavirus y lo han superado (casi 66.000 en todo el mundo), y de reconocer el papel del personal sanitario que trabaja para salvar vidas.

La importancia de cuidar a los trabajadores de la salud

En una situación como la actual, es normal que el personal sanitario se sienta estresado. “El estrés y los sentimientos asociados no significan que no se pueda hacer el trabajo o se sea débil”, aclaran desde la OMS. “La gestión del estrés y el bienestar psicosocial durante este período es tan importante como la gestión de la salud física”, explican.

Los adultos mayores pueden sentirse más ansiosos, enojados, estresados, agitados y retraídos durante el brote

Los expertos del Departamento de Salud Mental de la organización insisten a los trabajadores de la salud en la importancia de atender sus necesidades básicas y asegurarse de descansar, comer de forma saludable y realizar actividad física.

Y para evitar el estigma o miedo por parte de su comunidad, se recomienda mantener el contacto con sus seres queridos, incluso a través de métodos digitales.

“Este es un escenario único y sin precedentes para muchos trabajadores, particularmente si no han estado involucrados en respuestas similares. Aun así, utilizar las estrategias usadas en el pasado para controlar el estrés puede beneficiarle ahora incluso si el escenario es diferente”.

Más ansiedad entre los más vulnerables

Los adultos mayores, especialmente los que están aislados y los que padecen deterioro cognitivo o demencia, pueden sentirse más ansiosos, enojados, estresados, agitados y retraídos durante el brote o mientras están en cuarentena.

“Hay que proporcionar apoyo práctico y emocional a través de familiares y profesionales de la salud y dar información clara sobre la forma de reducir el riesgo de infección con palabras que puedan entender las personas mayores”, apuntan desde la institución sanitaria.

“Las instrucciones deben comunicarse de forma clara, concisa, respetuosa y paciente”, añaden, “y también puede ser útil que la información se muestre por escrito o en imágenes”.

“Si las autoridades sanitarias han recomendado limitar el contacto social físico para contener el brote, puede mantenerse conectado on line”

El estrés de estar aislado

Con respecto a las personas en situación de aislamiento, se recomienda mantener las rutinas diarias personales. “Si las autoridades sanitarias han recomendado limitar el contacto social físico para contener el brote, puede mantenerse conectado a través del correo electrónico, los medios sociales, la videoconferencia y el teléfono”.

Los organismos de salud pública y los expertos de todo el mundo están trabajando para garantizar la mejor atención a los afectados, pero es normal sentir intranquilidad. Durante los momentos de estrés, desde la OMS aconsejan realizar actividades relajantes, hacer ejercicio con regularidad, mantener rutinas de sueño regulares y comer alimentos saludables.

“Busque actualizaciones de la información y orientaciones prácticas en momentos concretos del día y evite escuchar o seguir rumores que le hagan sentir incómodo”, concluyen los especialistas

Fuente y OMS


Los beneficios de la terapia cognitivo-conductual digital en el tratamiento del insomnio

¿Puede la terapia cognitivo-conductual digital para el insomnio mejorar la salud funcional, el bienestar psicológico y la calidad de vida relacionada con el sueño?

Para dar respuesta a estas cuestiones, un equipo de investigadores de Reino Unido y Australia han llevado a cabo el estudio Effect of Digital Cognitive Behavioral Therapy for Insomnia on Health, Psychological Well-being, and Sleep-Related Quality of Life: A Randomized Clinical Trial (Efecto de la terapia cognitivo-conductual digital para el insomnio sobre la salud, el bienestar psicológico y la calidad de vida relacionada con el sueño: un ensayo clínico aleatorio).

Tal y como señala el estudio, publicado en la revista Jama Psychiatry, la mayoría de las personas con insomnio suelen buscar ayuda debido a las consecuencias “diurnas” de dormir mal (fatiga, somnolencia, reducción de la productividad laboral, bajo estado del ánimo, etc.), al afectar negativamente a su calidad de vida.

Con el fin de investigar el efecto de la TCC digital sobre los síntomas del insomnio, y consecuentemente, sobre la salud, el bienestar y la calidad de vida relacionada con el sueño, los investigadores emprendieron un ensayo clínico aleatorio con diseño de grupos paralelos, llevado a cabo con una muestra de 1.711 personas que padecían insomnio, comparándose la eficacia de la terapia cognitivo-conductual digital y de una intervención basada en educación para la higiene del sueño (SHE, por sus siglas en inglés).

Las evaluaciones se realizaron durante la semana 4 de tratamiento, en la semana 8 (postratamiento) y en la semana 24 (seguimiento). El análisis de datos mostró que, en comparación con la SHE, el uso de la TCC digital se asoció con una mejora significativa de los síntomas del insomnio, la salud funcional, el bienestar psicológico y la calidad de vida relacionada con el sueño. Se observó que la reducción de los síntomas del insomnio entre la semana 4 y 8, constituía un factor que mediaba en la mejora detectada en el resto de los ámbitos entre la semana 8 y la 24.

Según manifiestan los investigadores, los resultados de este estudio avalan las recomendaciones actuales en torno a la terapia cognitivo-conductual como tratamiento de elección para el insomnio.

Fuente:

Espie, C.A., Emsley, R., Kyle, S.D., Gordon, C., Drake, C.L., Siriwardena, A.N., Cape, J., Ong, J.C., Sheaves, B., Foster, R., Freeman, D., Costa-Font, J., Marsden, A., Luik, A.I. (2019). Effect of Digital Cognitive Behavioral Therapy for Insomnia on Health, Psychological Well-being, and Sleep-Related Quality of Life: A Randomized Clinical Trial. JAMA Psychiatry, 76(1):21-30. doi:10.1001/jamapsychiatry.2018.2745

Modificado de INFOCOP


¿Por qué nos molesta tanto que alguien decida no tener hijos?

Ya sea porque nos genera desconfianza, porque desafía el sentido de la vida o porque pone en evidencia el acuerdo social de que reproducirse es algo que debemos celebrar y hasta fomentar, quienes deciden no tener hijos pueden ser objeto de duras críticas e incluso ser tachadas de personas poco fiables porque se irían de cañas con Herodes.

Es el caso, por ejemplo, de la periodista experta en tecnología Holly Brockwell, que solicitó ser esterilizada por el servicio público británico.

CONTAMINA Y NO TE HACE FELIZ

En la introducción del último capítulo de la segunda temporada de la serie británica Utopía, un siniestro personaje desliza el siguiente speech a una madre que ondea la bandera del ecologismo flower power (que incluso prefiere viajar en autobús antes que volar para proteger el medio ambiente):

Nada consume más carbono como un humano del primer mundo. Y, aun así, usted creó a uno. ¿Por qué? Producirá 515 toneladas de carbono durante su vida. Eso equivale a cuarenta camiones. Tenerle a él es el equivalente a casi 6.500 vuelos a París. Podría haber volado 90 veces al año, ida y vuelta, casi cada semana de su vida, y todavía no tendría el mismo impacto en el planeta que su nacimiento. Por no mencionar los pesticidas, detergentes, la enorme cantidad de plásticos, los combustibles nucleares usados para mantenerle caliente. Su nacimiento fue un acto egoísta.

Acto seguido, el personaje siniestro le ofrece la posibilidad de rajar el cuello al niño para actuar en consecuencia. Obviamente, estamos ante un psicópata. Sin embargo, en su razonamiento subyacen datos que son ciertos.

Tener hijos aumenta exponencialmente la huella de carbono en el planeta y también es un acto egoísta en esencia: nadie tiene hijos a regañadientes o sintiéndose un mártir por mor de la supervivencia de la especie humana. Lo hace porque lo desea, porque anhela la felicidad de otras personas que ya son padres y no dejan de mostrar las fotos de sus retoños en Facebook.

Otras series de televisión, como Big Little Lies, ya se atreven también a desgranar las dichas y las tragedias de la maternidad. ¿Entonces? ¿Por qué no tener hijos suscita más críticas y cejas enarcadas que tenerlos?

Más aún: tener hijos, a la luz de un nuevo estudioni siquiera nos hace más felices. Es como comprar un coche muy caro, que en principio puede parecer una idea muy atractiva, pero que luego supone un gasto suntuoso que no queda compensado con las pocas alegrías que proporciona.

Peor aún: alrededor del 30% de los encuestados se mantuvo en el mismo estado de felicidad o mejor una vez que tuvieron el bebé, pero el 70% informó de que su felicidad disminuyó durante el primer y segundo año después del nacimiento del bebé. Casi la mitad de este porcentaje incluso sintió una reducción de felicidad pareja a la de perder un trabajo.

Señalar datos como que tener hijos contamina y que, estadísticamente, nos hace más infelices parece que esté revestido de varias capas de tabú, suspiros de indignación y hasta reacciones violentas, como si se estuviera manipulando alegremente un mecanismo termonuclear.

Tal vez, poner en duda la reproducción humana pudiera poner en riesgo nuestra supervivencia como especie, pero ese temor no debería estar ni siquiera esbozado en el horizonte si tenemos en cuenta que nacen 180 bebés por minuto. Cada minuto. 180. La población mundial ha pasado de los casi 1.000 millones de habitantes que había en 1800 a los más de 6.000 millones en el año 2000. En 2011, 7.000 millones. En 2017, 7.350 millones de habitantes.

Estamos creciendo exponencialmente. Los recursos escasean. La superpoblación es un miedo que se lleva alentando desde hace más de cinco décadas. De hecho, una investigación japonesa ya ha creado células germinales humanas a partir de sangre de mujer, de modo que quienes tengan útero podrán reproducirse sin necesidad de un varón; y pronto podremos reproducirnos en un laboratorio y crear todas las personas que se necesiten. Suponer que contar lo malo de tener hijos podría condenarnos a la extinción sería ciertamente surrealista. Tiene que haber otra cosa. Y, de hecho, la hay.

GRUPOS Y ENDOGRUPOS

Según explica Dean Burnett en su libro El cerebro feliz, «las expectativas de la sociedad son factores muy poderosos y es fácil que se interpongan en el camino hacia la felicidad individual». Solo así se explica que alguien en su sano juicio se calce unos zapatos de tacón kilométrico o se entregue a jornadas maratonianas de trabajo a cambio de recibir una simple palmadita en la espalda.

Como nuestros comportamientos y preferencias están moldeados de forma indisociable tanto por la cultura como por la biología, la inclinación a tener hijos no solo se funda en la presión del medio social, sino también en la circuitería de nuestro cerebro, moldeada por presiones evolutivas como «la tendencia a sentir afecto y felicidad y a estar motivados para comportarnos cariñosamente con cualquier cosa que se asemeje, ni que sea de lejos, a un bebé humano; de ahí que llenemos nuestras casas de cachorros, gatitos y otras mascotas con cabezas y ojos grandes, y personalidades aparentemente infantiles».

Pero la biología a veces no opera de esta manera en todos los humanos. Al igual que nacen personas daltónicas, o cualquier ejemplo de neurodiversidad, hay quienes no sienten la presión evolutiva de tener hijos. Solo la presión social. Son personas como Holly Brockwell, fundadora y editora sobre tecnología de Gadgette. Brockwell llamó la atención a miles de personas cuando puso en marcha una campaña a fin de persuadir al servicio público de salud británico (NHS) de que sufragara su esterilización quirúrgica.

Finalmente, Brockwell logró ser estéril: en sus planes futuros ya no estaba tener hijos y estaba tan convencida de ello que no le importaba someterse a una operación irreversible como aquella. Esa idea resultó ser muy indigesta para muchos, y Brockwell recibió un aluvión de críticas, algunas verdaderamente sangrantes. Como que le faltaba humanidad. Que se arrepentiría. Que era una psicópata. Por eso, Brockwell ha tenido que hacer un gran esfuerzo para aclarar un matiz obvio o irrelevante: que no odia a los niños, sino que simplemente no quiere tener hijos.

Sin embargo, ¿por qué personas que no conocen de nada a Brockwell se enfadan con la decisión de Brockwell? Por la misma razón por la que otros se enervan frente a las personas que comunican abiertamente ser homosexuales. Se pone en marcha el llamado sesgo endogrupal: criticamos a los que no son como nosotros para reafirmar nuestras decisiones y creencias, así como las decisiones y creencias del grupo de personas al que pertenecemos. Este comportamiento puede tener efectos psicológicos beneficiosos de identidad singular, y es el fundamento de las religiones, las sectas y las modas.

Cuando alguien se sale de la norma, pone en evidencia el gregarismo reinante. Porque solo las notas discordantes nos recuerdan la uniformidad en la que vivimos. Por esa razón, hay individuos que se sienten felices atacando las decisiones personales de los demás. Sobre todo si son decisiones que no se suelen tomar a nuestro alrededor.

Otros, además de sentirse felices atacando a los demás, quizá consideran que es lo justo, que están haciendo el bien si evitan que el prójimo cometa un error imperdonable, como un predicador cristiano callejero cuando suelta una arenga contra un pecador. Y, entonces, quienes desean que tengamos hijos empiezan a comportarse de forma inquietantemente similar al siniestro personaje de Utopía que cuestiona la decisión de no tenerlos y deslizan ideas que, al menos metafóricamente, nos recuerdan la sugerencia de rajarle el cuello al niño para suprimir su altísima huella medioambiental.

Fuente


¿Por qué el mejor no siempre tiene un curricuculum perfecto? – TED Talk

Ante la posibilidad de elegir entre un candidato con un currículo perfecto y uno que ha luchado con dificultades, la ejecutiva de recursos humanos Regina Hartley siempre le da una oportunidad al segundo aspirante.
Como alguien que creció en la adversidad, Hartley sabe que aquéllos que prosperan en las situaciones más oscuras están dotados de la fuerza para perseverar en un entorno de trabajo en constante cambio.
«Elijan al candidato subestimado, cuyas armas secretas son la pasión y la determinación», dice. «Contraten al luchador».

Andrew Solomon: «Cuando estás deprimido es muy difícil actuar sobre tu miedo»

Es uno de los periodistas y escritores de mayor influencia en el ámbito de la cultura y la psicología en Estados Unidos. En 2002 ganó el National Book Award por ‘El demonio de la depresión’ (Debate), un ensayo multidisciplinar –mejor dicho, un Atlas- del que se edita una versión actualizada y ampliada.

Su padre le dio la vida dos veces, asegura Andrew Solomon (Nueva York, 1963): la que le insufló al procrearlo y la que le devolvió cuando lo sostuvo durante la larga depresión que convirtió la vida de su hijo en aporreada escudilla. “Me considero un superviviente. Y todavía sigo teniendo depresión, sólo que la controlo”. Esa experiencia fue el punto de partida para que Andrew Solomon –uno de los periodistas y escritores de mayor influencia en el ámbito de la cultura y la psicología en Estados Unidos- decidiera plasmar lo vivido en El demonio de la depresión (Debate), un ensayo multidisciplinar –mejor dicho, un Atlas- que lo convirtió en 2002 finalista del Pullitzer y merecedor del National Book Award.

Ignacio Morgado, científico e investigador: «La educación es bastante más potente que el Prozac»

La publicación en España de una edición ampliada y revisada de este libro ha traído al escritor neoyorquino a Madrid. Profesor de Psiquiatría en la Universidad de Cornell y asesor para cuestiones de LGTB en la de Yale, Andrew Solomon publicó luego Tanlejos del árbol. Historias de padres e hijos que han aprendido a quererse. En las más de mil páginas de este libro, Solomon reúne las historias de 300 familias con hijos afectados por enfermedades físicas o psíquicas, así como circunstancias que los marginalizan.

«Me considero un superviviente. Y todavía sigo teniendo depresión, sólo que la controlo».

Niños que enfrentan la sordera, el enanismo, el síndrome de Down, el autismo, la esquizofrenia, pero también aquellos que han nacido fruto de violaciones o cuyos padres son criminales; incluso, Solomon habla sobre muchos hijos transexuales y homosexuales. Aunque ambos libros juntos suman más de dos mil páginas de intensa y rigurosa materia humana –la vida, derramándose-, leerlos como un continuo ayuda a entender la compleja pulsión que tiene Andrew Solomon de comprender y comunicar el ciclo de aquello no resuelto. Y es justo ahí, en el círculo que une al hijo y al padre en la elipsis del abatimiento y la recuperación, donde ambos volúmenes se unen como una trenza firme.

Nacido en Nueva York, Andrew Solomon estudió arte y psicología. Es conocido por su activismo gay y su descomunal capacidad de análisis y trabajo. Como él mismo asegura, Solomon declaró su homosexualidad en un momento en el que, a diferencia de hoy, existían muchos más prejuicios. Además de ser colaborador habitual de The New York Times y de la revista The New Yorker, Solomon cuenta con una obra literaria en la que destaca la ficción. Vestido con una americana azul marino, dueño de un acento sobrio –fiel muestra de sus orígenes británicos- y de una conversación fluida,Andrew Solomon habla sin blandir ninguna certeza, sin atizar ni evangelizar.

-En El demonio de la depresión, cita una frase de Graham Greene en la que asegura que no entiende cómo aquellos que no escriben pueden lidiar con la depresión y la ansiedad. Si nos guiamos por Foster Wallace, Plath o Hemingway …

-La depresión lleva a la introspección. Eso te hace buscar dentro de ti: tus pensamientos y sentimientos. Esas investigaciones producen ‘insights’ que pueden ser beneficiosas para alguien que crea. El artista, para crear, se sitúa muy cerca de la condición humana; aunque eso, en sí mismo, puede llegar a abatir. Porque ve a la vez la luz y la oscuridad.

«Lo que existe es un malentendido. La depresión no es un estado creativo».

-Sin embargo, hay una nube de tópico alrededor de ese tema.

-Lo que existe es un malentendido. La depresión no es un estado creativo. Cuando estás deprimido difícilmente las personas pueden salir de la cama, ni siquiera eres capaz de atarte los zapatos, mucho menos va a permitir crear una obra literaria. Después de pasar la depresión, puede emerger una idea, una experiencia que pueda ser incorporada al trabajo de escritura. Mucho más tarde, puede ser productiva para un creador.

-¿Cómo llegamos de la melancolía del siglo XIX a la depresión contemporánea?

-Gradualmente lidiamos con la depresión a partir de modelos médicos. En el siglo XIX existía una concepción romántica y dramática de la enfermedad. Entonces no existía tratamiento contra la melancolía, era preciso buscar alguna forma de sobrellevarla, y ese discurso romántico sobre la depresión sirvió para llenar de significado. En la actualidad, la depresión resume más un bien un proceso de forzar los significados. Quizá, lo que nos diferencia de la melancolía es el hecho de que hoy intentamos buscar un significado. Es el mismo modelo, con una solución diferente.

-En su caso, ¿qué ha supuesto realmente este enorme Atlas sobre la depresión?

-No fue, en absoluto, una catarsis o una terapia. Escribirlo agudizó mi sentido del dolor. Escuchar todas estas historias, escribir sobre ellas, me sometió a una enorme ansiedad. Sin embargo, lo que me permitía el libro fue que todo ese tiempo desperdiciado que estuvo deprimido se convirtiese en algo valioso. Pero escribir de ese modo y reflexionar sobre tu propio dolor resulta tremendamente duro y por eso entiendo que muchos escritores y creadores no lo soporten.

«En el siglo XIX existía una concepción romántica y dramática de la enfermedad. Entonces no existía tratamiento contra la melancolía».

-Dice que uno de los rasgos de la depresión es la incapacidad para empatizar. Pero, pienso en Esto es agua, de Foster Wallace, uno de los textos más hermosos que sobre el otro se han escrito. Y al leerlo es imposible pensar: ¿cómo este hombre pudo colgarse?

-La depresión es una enfermedad. Y no es optativa. Si David Foster Wallace hubiera tenido leucemia, ¿nos hubiésemos preguntado si eso favorecía su visión sobre los demás? El hijo adolescente de unos amigos cercanos se ha colgado hace unas semanas. Sus padres quierensaber por qué. La verdad es que no hay un porqué. El porqué es muy simple: tenía depresión, una enfermedad que mata cada día a más personas.

-Más que el cáncer, asegura.

-Robin Williams se suicidó y la gente pensó: claro, lo hizo porque le diagnosticaron Parkinson. Miles de personas son diagnosticadas con Parkinson cada día y por eso no se suicidan. Él sí. ¿Por qué? Estaba deprimido. Y eso es lo que empujó a hacerlo. El nivel de ansiedad que la noticia de su suicidio provocó fue alto. Alguien que tenía todo lo que un norteamericano promedio desea: la fama, el dinero, el éxito, el cariño. Es allí cuando las personas caen en cuenta de que ellas tampoco están a salvo. Y eso es aterrador. Las personas quieren sentirse a salvo, por eso aceptan más el Parkinson como causa del suicidio que la depresión en sí.

«Si David Foster Wallace hubiera tenido leucemia, ¿nos hubiésemos preguntado si eso favorecía su visión sobre los demás?»

-En Lejos del árbol usted explora cómo las familias sobrellevan el nacimiento de niños con alguna limitación física o mental, o manifiestamente distintos. En El demonio de la depresión queda claro: la depresión es una forma de diferencia, de marginalidad. ¿Somos incapaces de tolerar el abatimiento?

-Como sociedad: por supuesto que no hay empatía ninguna. Rechazamos no sólo a los que están enfermos, sino a los que son distintos. Las minorías religiosas, los extranjeros, los marginales… Nos protegemos de la diferencia, porque nos hace sentir amenazados. La diferencia nos cuestiona. Por eso nos resistimos. Parte del punto de Lejos del árbol es que hay muchos aspectos que en sí mismos no son dolorosos, como la homosexualidad, sino que se convierten en tal cosa por la percepción social que existe al respecto.

-Usted se describe en Tan lejos del árbol como un niño judío, disléxico … que descubrió con la madurez la homosexualidad. ¿Cuál es la relación, si existe, entre su infancia y juventud y la depresión que experimentó en la adultez?

-El tema de ser judío no fue tanto un problema, sobre todo en Nueva York. Lo que sí es cierto es que fui un niño distinto. A veces me pregunto, ¿habría evitado al depresión si hubiese descubierto que era gay ahora, que cuando lo descubrí? La depresión viene de un sentido de la marginación y lo que explora Tan lejos del árbol es justamente eso, los aspectos positivos y negativos.

«La depresión viene de un sentido de la marginación y lo que explora Tan lejos del árbol es justamente eso».

-Las entrevistas para El demonio de la depresión fueron hechas entre 1995 y 2001. No había Twitter, ni Facebook, ni selfies… ¿La tecnología –el alto componente autoreferencial- nos ha hecho más propensos a la depresión?

-La gente que interactúa con máquinas y no con seres humanos por supuesto que puede experimentar un rasgo de aislamiento que favorece la depresión. La velocidad de la vida moderna se hace inmanejable y estas máquinas son parte de esa velocidad. Hay algo más: Internet es un lugar cruel. Se dicen cosas que la gente nunca tendría el valor de decirte a la cara. También es cierto que permite conocer, leer y aprender cosas nuevas.

-Pensemos en un año: 2001: las Torres Gemelas. En 2014: los sucesos de París contra Charlie Hebdo ¿Vivimos realmente peor psicológicamente que hace cien años?

-Vivimos en un mundo atemorizante, pero también lo fue en la II Guerra Mundial o en las guerras civiles, como la que vivió España… Lo que cambia es la generación que lo padece. El miedo es muy poderoso. Nos empuja o nos paraliza. Cuando ocurrió lo de las Torres Gemelas, pensé quizá que el lado más valioso del coraje es el de quienes intervienen incluso estando muertos de miedo. Cuando estás deprimido es muy difícil actuar sobre tu miedo. Ambos episodios que menciona fueron tremendamente duros para mí. He viajado a sitios peligrosos y en conflicto: Siria, libia, Afganistán. Pero cuando vi el ataque era en mi ciudad, el lugar en el que nací, me sentí amenazado. Cuando ocurrió lo de Charlie Hebdo, tanto en la prensa americana como europea, se publicaron muchas cosas sobre la inconveniencia o el mal gusto de aquellas caricaturas. Ese no era el momento de hablar de cómo eran las caricaturas, era el momento de hablar del derecho que todos tenemos a decir lo que pensamos sin sentir miedo a que alguien pueda matarnos por eso. La depresión fue la que me dio el sentido o hizo galvanizar que las cosas más atroces, las que más te hacen daño, hay que enfrentarlas. Hasta ese momento, no será posible entenderlas y resolverlas.

-Entender, de eso va esta pregunta. “La necesidad de medicación me recuerda mi fragilidad e imperfección”, dice en el libro. No creo que su intención fuese evangelizar sobre los fármacos. Lo cierto es que cada día consumimos más y parecemos menos lúcidos.

-En la medicación, la verdadera pregunta tiene que ver con la identidad. ¿Acaso me ayuda o me cambia? Ante una enfermedad, la medicación suele ser efectiva y se usa justamente para ayudar a tratarla. Pero…¿en qué medida afecta mi concentración, lo que siento? La realidad es que por razones que no podemos controlar, hay desbalances químicos en el cerebro que la medicación es efectiva para corregir. Aunque también es cierto, que muchas veces tomamos medicamentos sin conocer los efectos a largo plazo. La medicación a veces ayuda a estabilizar, a gozar de la tranquilidad suficiente para llenar de significado la experiencia diaria. Eso al menos fue lo que ocurrió en mi caso. Y yo estoy agradecido por eso y desearía no haberla necesitado.

«La enfermedad forma parte de las sociedades, aunque muchas veces estas no tengan herramientas para entenderla».

-¿Podemos hablar de sociedades enfermas, de países deprimidos?

-Sin duda. La enfermedad forma parte de las sociedades, aunque muchas veces estas no tengan herramientas para entenderla. Vivimos en sociedades que padecen enfermedades colectivas, que viven con la permanente sensación de no llegar a tiempo, que sienten que van por detrás del tiempo, que sobrepasa su capacidad de vivir. Esa presión de producir, producir, producir… hacer, hacer, hacer, es tremendamente nociva.

-Ansiedad y depresión como dos caras de la misma novela. ¿Un alcohólico puede estar deprimido, un comedor compulsivo o incluso un junkie?

-Sí, muchas cosas contienen la depresión. No tiene una causa ni una forma única. Hay muchas maneras en las que las personas manifiestan su depresión, algunos se esconden bajo la sábanos, unos duermen otros no duermen, algunos desarrollan anorexia, otros agresividad… Muchas de las historias resumidas en Tan lejos del árbol, ilustraban de qué forma ante la invisibilidad y la anulación que produce una depresión, muchos encontraban el delito como una forma de reafirmarse. La enfermedad y la personalidad están unidas por una línea difusa. Hay gente capaz de reponerse y otra que no. Hay quienes consiguen salir adelante, otros con más dificultad. Hay quienes responden a un tratamiento y quienes no.

 

 

 

Fuente: Karina Sainz Borgo para Vozpópuli


La crisis de los 40: ¿el peor momento de tu vida?

Según numerosos estudios, el desarrollo de la felicidad de los seres humanos tiene forma de U. La mayoría de nosotros somos felices durante la niñez y la juventud, pero esa felicidad va disminuyendo hasta que alcanza su punto más bajo en la mediana edad, alrededor de los 40 años. Una década o dos más tarde, entre los 50 y los 60 años, el bienestar aumenta poco a poco y en la vejez se recupera el grado de felicidad que se tenía de joven.

No siempre ocurre así, y hay estudiosos que discrepan, pero parece que la tendencia es clara. Durante la juventud somos fuertes, estamos sanos y, por encima de todo, tenemos ante nosotros una gran cantidad de posibilidades: aún podemos elegir una carrera, rectificar si nos equivocamos, probar relaciones con distintas personas y cambiar de pareja; los más favorecidos cuentan con apoyo económico familiar.

A medida que pasa el tiempo eso cambia: el cuerpo no es el de antes, hemos dejado atrás los estudios, el ámbito en el que desarrollaremos nuestra actividad profesional está bastante definido (y es difícil cambiar drásticamente de profesión) y lo más probable es que no hayamos triunfado como soñábamos y, en todo caso, suframos mucho estrés. Quizá ya estemos emparejados, aunque no resulte tan satisfactorio como esperábamos, y si tenemos hijos su cuidado, aunque compense, puede ser una verdadera lata, por no hablar de las obligaciones económicas.

En la vejez, la situación se revierte de nuevo: los hijos se marchan de casa, hay renta disponible si la carrera profesional ha sido medianamente exitosa, el cuerpo está más viejo pero tampoco apetecen grandes juergas ni proezas sexuales, y los matrimonios que persisten han aprendido a hacer funcionar la relación o han ajustado sus expectativas; una parte importante del tiempo se dedica al ocio.

Cúmulo de infelicidades

Pero volvamos a la mediana edad y su cúmulo de infelicidades, y con ella a un libro erudito y franco, titulado en inglés ‘Midlife. A Philosophical Guide’ (‘La mediana edad. Una guía filosófica’), recién aparecido y que aún no se ha traducido al castellano. Su autor, Kieran Setiya, es un hombre con una vida fructífera, cuenta él mismo: a sus 41 años, es profesor titular de filosofía en el Massachusetts Institute of Technology, una prestigiosa universidad estadounidense, ha publicado varios libros sobre su especialidad, está felizmente casado, tiene un hijo al que adora y siente una razonable tranquilidad económica.

Sin embargo, en los últimos años empezó a sentir una “desconcertante mezcla de nostalgia, arrepentimiento, claustrofobia, vacío y miedo”. Pensaba todo el tiempo en la “pérdida”, “el éxito y el fracaso”, “la mortalidad y la finitud”. A él, que estaba satisfecho con su vida, esto le parecía raro, y decidió utilizar su profesión, la filosofía -pero también los estudios de psicología, la economía y la literatura-, para intentar descubrir qué demonios significaba todo eso.

Miro hacia atrás y echo de menos a mi yo más joven

Y la respuesta, cuenta en el libro, es que en la mediana edad descubrimos que el tiempo es irreversible. A veces no nos gusta nuestra vida, pero aunque sí lo haga sentimos que ya no hay tiempo para darle un giro radical. Quizá lamentemos no haber seguido nuestra vocación real, y ahora nos veamos atrapados en una existencia mediocre y gris: si somos afortunados, con dinero para llegar a fin de mes, pero con nuestra pretendida creatividad aplastada por la rutina y la burocracia laboral. Puede que no sólo no hayamos conseguido lo que deseábamos, sino que vemos cómo otros sí lo han hecho y eso nos causa un dolor vergonzoso.

Tal vez nuestra relación de pareja funcione, pero ¿no habríamos sido más felices con aquella persona a la que nunca le declaramos nuestro amor? Probablemente no moriremos pronto, pero la muerte propia -o de los padres, o de algún amigo- ya no es algo disparatadamente remoto. Todo se reduce a una cosa, que Setiya resume con simplicidad precisa: “Miro hacia atrás y echo de menos a mi yo más joven”. Lo que añoramos no es tanto no haber tomado un camino distinto en la vida, como el hecho de que, cuando éramos jóvenes, teníamos ante nosotros una multitud de opciones para escoger. Y, por supuesto, echamos de menos no tener miedo a la muerte.

Esto no es raro. De hecho, es casi una constante, como explica Setiya recurriendo a filósofos como Platón, Aristóteles, Schopenhauer o Simone de Beauvoir, a economistas como John Stuart Mill -que tuvo una crisis de la mediana edad de caballo- o a escritores como Virginia Woolf o Martin Amis. Pero esta normalidad no parece aliviar una angustia que, si nos va bien en la vida, no parece muy razonable. (El librito, que es muy admirable, tiene dos pequeños problemas: creo que, aunque el autor haga grandes y valiosos esfuerzos para salirse de su caso biográfico, se dirige sobre todo a gente de mediana edad sin graves problemas económicos o de otra índole y es esencialmente una reflexión masculina. Esta columna probablemente adolece de esos dos mismos problemas).

Para calmar esa angustia, Setiya propone soluciones que son, al mismo tiempo, puro sentido común y filosofía de la más profunda. Por estresante que sea nuestra vida, quizá debemos dejar de pensar en esta como una sucesión de proyectos difíciles -encontrar a la pareja ideal, acabar el informe que tenemos entre manos, avanzar en nuestra carrera profesional o aumentar nuestros ingresos- y verla más como una especie de flujo: no se trata tanto de llegar a los sitios como de relajarse paseando.

La felicidad en la mediana edad, dice, quizá pueda alcanzarse si nos olvidamos de nosotros mismos y pensamos en los demás; quizá leer poesía sea una idea ridícula para un inversor de 45 años, pero ¿por qué no intentarlo? Y no, por lo general comprarse un coche deportivo y buscarse un ligue joven no soluciona nada: cuando hayas puesto el coche a 200 y tu pareja quince años menor te aburra como te aburría tu ex pareja de tu edad, necesitarás un coche aún más rápido y una pareja aún más joven, y eso es una carrera sin fondo.

El libro de Setiya, que en ocasiones es densamente filosófico, resulta valioso porque se toma en serio la crisis de la mediana edad y, al mismo tiempo, no oculta su lado ridículo y narcisista. A veces nos arrepentimos en serio de malas decisiones tomadas en el pasado, o del fracaso de ciertos planes que emprendimos -y, sin embargo, es casi imposible haber llegado a la mediana edad sin errores ni fracasos-, pero con frecuencia nuestra nostalgia se debe a que nunca lograremos las aspiraciones de nuestra juventud. Todo lo que tengo está bien, pensamos los que somos afortunados pero estamos sumidos en esa crisis, pero me doy cuenta de que las cosas que nunca conseguiré son muchas más, infinitas.

Lo mejor del libro de Setiya es que es útil. Sí, en la crisis de la mediana edad se tienen ideas estúpidas, se magnifica el dolor por los caminos no recorridos y a veces uno olvida el valor de lo que posee de una manera más o menos segura para refugiarse en fantasías improbables. Pero es normal, y hay que darle la importancia justa: no es una broma, pero tampoco una condena. Con suerte llegaremos a viejos y todo se calmará. Claro que, para entonces, quizá ya no existan las pensiones, y a ver quién remonta la última fase de la U sin dinero.

RAMÓN GONZÁLEZ FÉRRIZ El Confidencial

Los terribles daños que causan los ‘padres helicóptero’ al volar sobre sus hijos incesantemente

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Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que a los niños no se les prestaba demasiada atención. Si los adultos hablaban debían guardar silencio, si tenían una rabieta eran ignorados hasta que se les pasara y si estaban aburridos se les daba vía libre para que se entretuvieran como consideraran más oportuno. De hecho, el escritor inglés D.H. Lawrence creía que lo mejor para el bienestar de los niños era no hacerles demasiado caso. Tenía tres reglas para educarlos: “dejarlos en paz, dejarlos en paz y dejarlos en paz”.

Sin embargo, poco queda de aquel modelo de educación, hoy hemos caído de lleno en un estilo de crianza que implica convertir a nuestros hijos en el centro de nuestra atención, dándoles todo lo que desean cuando lo desean, sin dilaciones. No hemos sabido encontrar un equilibrado punto medio. Esta alarmante tendencia a la hiperpaternidad se puso de manifiesto primero en Estados Unidos, donde se estima que 1 de cada 10 estudiantes ha sido educado de esa forma.

¿Quiénes son los “padres helicóptero”?

Este término surgió en el año 1969, cuando Haim Ginnott escribió en su libro Between Parent & Teenager: “mi madre sobrevolaba sobre mí como si fuera un helicóptero”. Más tarde, en los años 2000, se retomó para hacer referencia a un fenómeno que se estaba extendiendo entre las familias de clase media de los países más desarrollados. Los padres helicóptero son aquellos que se preocupan excesivamente por sus hijos, hasta el punto de que su relación llega a ser tóxica. Este nuevo modelo de crianza implica que los progenitores asumen un rol hiperprotector, quieren resolver todos los problemas por sus hijos, y desean tomar todas las decisiones, incluso las más intrascendentes. En práctica, es como si estos padres siempre estuvieran sobrevolando a sus hijos, listos para emprender una operación de rescate cuando noten el más mínimo signo de «peligro».

Obviamente, esta relación padre-hijo sobrepasa los límites de lo que se considera psicológicamente saludable. De hecho, estos padres no conocen límites, ni de edad ni de estatus social: pueden llegar a recriminar a los profesores por las malas notas de sus hijos, aunque estos ya estén en la universidad, o incluso pueden acompañarlos a la entrevista de trabajo y se enfadan si el entrevistador no les permite entrar durante la prueba.

Su objetivo en la vida es lograr que su hijo sea brillante y que logre todo lo que desea, pero sin que tenga que esforzarse. ¡Eso ya lo hacen ellos! Estos padres organizan la agenda de sus hijos, se encargan de eliminar cualquier problema de su camino y siempre están pendientes de sus resultados. Algunos de los detalles que desvelan a un padre helicóptero son: – Hablan siempre en plural, diciendo cosas como «¡cuántos deberes nos han puesto hoy!«, aunque en realidad los deberes son para el niño. No se dan cuenta que de esta manera absorben la identidad del niño. – Híper estimulan a sus hijos, llenándoles la agenda de actividades extraescolares, con el objetivo de que estén «bien preparados para la vida». Sin embargo, no se percatan de que así solo logran robarle su infancia. – Encierran a sus hijos bajo una campana de cristal, de forma que se convierten en su voz, impidiéndoles que resuelvan sus problemas con los demás. De esta manera, los hijos jamás llegan a desarrollar las habilidades de resolución de conflictos que necesitan para mantener buenas relaciones interpersonales.

– Brindan una gratificación instantánea, complacen en todo a sus hijos, aunque tengan que hacer enormes sacrificios. Están siempre disponibles para entretener a sus hijos, de manera que estos terminan creyendo que son el centro del universo.

Consecuencias: Padres extenuados, hijos incompetentes

Para los padres, ese deseo de ser perfectos en todo momento y tener que lidiar con los problemas de sus hijos, puede llegar a ser extremadamente agotador. De hecho, un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Washington desveló que las madres que asumían un estilo de crianza hiperprotector estaban más expuestas a la depresión y el estrés, lo cual se debe a que cargan sobre sus hombros un peso demasiado grande.

Por otra parte, esa tendencia a la hiperpaternidad solo consigue que los hijos sean inseguros, miedosos, incapaces de tolerar la frustración, de tomar decisiones por sí solos y de asumir responsabilidades. De hecho, el principal problema es que como estos hijos sobreprotegidos nunca han tenido que poner a prueba sus capacidades, no han desarrollado la confianza necesaria en sí mismos.

Un caso extremo, contado por la escritora Eva Millet en su libro sobre la hiperpaternidad, narra la historia de una estudiante universitaria que se quedó encerrada en el ascensor de un centro educativo en Barcelona y, en vez apretar el botón de alarma, llamó a su madre a Estados Unidos, la cual le avisó a la sede central en Chicago, los cuales a su vez dieron parte a la sede en Barcelona para que fueran a rescatar a la chica. Simplemente no era capaz de resolver el problema por sí sola, y probablemente ni se le ocurrió. ¿Para qué? Si siempre ha tenido a una madre que los resuelve por ella. Otra investigación, realizada también en la Universidad de Washington, analizó a 297 estudiantes de instituto cuyos progenitores podían catalogarse como «padres helicóptero» y descubrió que estos adolescentes y jóvenes puntuaban más alto en las escalas de depresión y ansiedad. Según estos psicólogos, el origen de estos trastornos emocionales se encuentra en la «Teoría de la Autodeterminación» según la cual, para que una persona sea feliz y se sienta realizada, debe satisfacer tres necesidades: sentirse autónoma, competente y conectada con otras personas. Obviamente, la hiperpaternidad no satisface ninguna de estas tres necesidades, al contrario, las limita. De esta forma, aunque los padres pueden tener las mejores intenciones del mundo, en realidad terminan lastrando el desarrollo emocional, intelectual y social de sus hijos.

¿Por qué se desarrolla este tipo de hiperpaternidad?

– Percibir al hijo como una posesión valiosa. El hecho de que las parejas tengan hijos a edades cada vez más tardías, a menudo después de haberse sometido a varios tratamientos de fertilidad, hace que esos niños sean considerados como una posesión muy valiosa que hay que cuidar a todo precio. Así, los niños terminan siendo colocados en un altar, metafóricamente hablando.

– Presión social por el cuidado de los niños. Hace algunos años los padres intentaban compensar la falta de atención con los regalos. Este fenómeno ha provocado una gran campaña a nivel social para evitar a esos “padres emocionalmente distantes”, por lo que ahora hemos caído en el extremo opuesto: padres excesivamente presentes que se desviven por sus hijos.

– Incertidumbre generada por la crisis económica. La crisis económica ha generado una gran preocupación por el futuro, generando sentimientos de precariedad y provisionalidad, los cuales han disparado el miedo de los padres a que sus hijos se equivoquen y que no sean capaces de lograr por sí solos todo lo que la sociedad les demanda. Por eso, intentan acompañarlos durante el mayor tiempo posible en el proceso de maduración.

– Aumento de la competencia social. En los últimos años la sociedad ha tomado un cariz extremadamente competitivo, les exige cada vez más a las personas que se insertan en el mercado laboral: más conocimientos, más habilidades, mejores resultados… El temor de los padres a que sus hijos fracasen y no puedan cumplir con esas exigencias les hace querer llevar su mochila y asumir sus problemas. Por eso también llenan sus agendas desde pequeños con decenas de actividades extraescolares que, supuestamente, les prepararán para la vida.

La solución: Educar con mucho amor y una buena dosis de sentido común

En cada etapa del desarrollo, las personas deben luchar sus propias batallas. Los padres no pueden proteger a sus hijos por siempre ya que, tarde o temprano, estos tendrán que enfrentarse a sus propios miedos y cometer sus propios errores.

La tarea de los padres es guiar a los hijos y ayudarles a lidiar con los problemas, no solucionarlos en su lugar. Si asumimos todo el peso sobre nuestros hombros no estaremos criando a personas preparadas para la vida sino a verdaderos discapacitados emocionales. Hay veces en las que simplemente debemos cortar la rama y dejar que los hijos vuelen con sus propias alas. Si sospechas que tú también eres uno de esos padres helicóptero o estás a punto de convertirte en uno de ellos, pon en práctica estos tres consejos: 1. Sé cómo un submarino, no asumas el rol del helicóptero.

En vez de sobrevolar la cabeza de tus hijos y estar siempre presente, es más conveniente que te conviertas en un submarino; es decir, que te mantengas fuera de su radar, pero siempre atento por si realmente necesita tu ayuda. 2. Practica la sana desatención.

 De vez en cuando, no pasa nada porque no puedas prestarle la atención que quisieras a tus hijos. Tú también tienes una vida fuera de la familia, no eres solo un padre o una madre. Y no caigas en el error de sobrecargar su agenda de actividades, déjales tiempo libre para que ellos mismos aprendan a gestionar las horas muertas. 3. Deja que cometa sus propios errores.

Solo así aprenderá. Los errores son pasos fundamentales del aprendizaje y, si son bien usados, fortalecen características como la perseverancia, la autonomía y la autoconfianza. Solo si nos caemos y somos capaces de levantarnos, confiaremos en nosotros. Ayúdale a levantarse, pero no evites siempre que caiga.

 

 

Fuentes:

Millet, E. (2015) Hiperpaternidad. Barcelona: Plataforma Editorial. Schiffrin, H. H. et. Al. (2013) Helping or Hovering? The Effects of Helicopter Parenting on College Students’ Well-Being. Journal of Child and Family Studies; 23(3): 548-557.

Rizzo, K. M. et. Al. (2012) Insight into the Parenthood Paradox: Mental Health Outcomes of Intensive Mothering. Journal of Child and Family Studies; 22(5): 614-620.


Verbalizar los sentimientos hace sentir mejor a las personas

Poner los sentimientos en palabras hace que la tristeza y el enojo sean menos intensos, informaron investigadores estadounidenses, en un hallazgo que explica por qué hablar con un terapeuta -o simplemente con un camarero- generalmente hace sentir mejor a las personas. Expertos en temas cerebrales dijeron que hablar sobre los sentimientos negativos activa una parte del cerebro responsable del control de los impulsos.

«Esta región del cerebro parece estar involucrada (en la tarea de) poner los frenos», señaló Matthew Lieberman, investigador de la Universidad de California en Los Angeles, cuyo estudio fue publicado en la revista Psychological Science. El equipo observó imágenes del cerebro de 30 personas, 18 mujeres y 12 hombres de entre 18 y 36 años, a los que se les mostraron fotografías de rostros que expresaban emociones fuertes.

Los expertos pidieron a los participantes que califiquen los sentimientos con palabras como triste o enojado, o que elijan entre dos nombres genéricos específicos como ‘Sally o Harry’ para las caras. Los investigadores descubrieron que cuando las personas optaban por la palabra enojado para calificar un rostro que lucía enfadado, disminuía la respuesta en la porción de la amígdala cerebral que maneja el temor, el pánico y otras emociones fuertes.

Respuestas emocionales

En cambio, lo que se activaba era la corteza prefrontal ventrolateral derecha, es decir la parte del cerebro que controla los impulsos. «Esta es la única región de todo el cerebro que está más activa cuando se elige una palabra sobre una emoción para la fotografía en lugar de optar por un nombre (propio) para la foto», indicó Lieberman. El especialista dijo que otros estudios ya habían señalado que la misma región cerebral jugaba un rol importante en el control motriz.

«Si alguien está conduciendo y ve una luz amarilla, tiene que inhibir una respuesta para pisar el freno», dijo el experto. «Esta misma región ayuda a inhibir también las respuestas emocionales», añadió Lieberman. Estos resultados modifican la idea tradicional de por qué hablar de los sentimientos ayuda a una persona. «No se trata sólo de sentimientos profundos (…) Tiene que ver con el modo en que estamos construidos», concluyó.

Fuente: El Confidencial. 22/06/2007